Entrevista: Hans-Georg Gadamer

por Graciela Fernández (Heidelberg 1992)
¿En qué aspectos considera en su evolución haberse apartado de Heidegger? Sobre todo: ¿cuál es su posición con respecto a la crítica que él hizo a la metafísica y al humanismo?

Mi relación inicial con Heidegger me hace, naturalmente, difícil responder a esta pregunta, pues para mí fue decisivo el giro desde el neokantismo hasta la fenomenología en el sentido heideggeriano. Heidegger siempre se consideró como un fenomenológo, y esto quería decir, para él, la convicción de que los fenómenos, tal como se muestran, son lo que realmente interesa. Contraponía así a una actitud configurada por la historia analítica de la ciencia y del pensar. Esto se decidió en dos puntos. Por un lado, Heidegger mismo veía que no se puede superar, a partir de una cura del ser ahí (Daseinssorge) profundizada y concretamente viviente el subjetivismo de la filosofía de la conciencia. Por tal motivo, Heidegger procuró, más tarde, dejar atrás también el indumento trascendental de Ser y Tiempo. En eso pude y quise seguirlo.

Pero el camino por el que él echó a andar al admitir la fuerza del decir en la poesía de Hölderling y en Nietzsche lo condujo constantemente, como el mismo lo dice, a una recaída en el pensar metafísico. La crítica de la metafísica era por cierto ineludible, ya que con el pensamiento de la metafísica se piensa un espíritu infinito. Nuestra finitud y nuestra historicidad siguen siendo la herencia de la crítica de la metafísica iniciada con Kant. De tal manera, la superación de la filosofía trascendendental por medio de la Kehre no fue otra cosa que un intento siempre fracasado que Heidegger arriesgó en una serie de importantes y discutidos trabajos. Lo que más me convenció fue el libro sobre Nietzsche. Allí el pensó otra vez unido aquello que a los ojos de sus contemporáneos ya no era posible unir. Por lo mismo vale para los propios intentos de Heidegger de hallar el camino al ser o de renovar la pregunta por el ser. Ahí me pareció que el camino heideggeriano para procurarse lenguaje con la poesía no era, en definitiva, suficientemente transitable. Me pareció que su crítica al concepto metafísico del ser y al olvido del ser, propio de la ciencia moderna, no había consolidado realmente el verdadero piso sobre el que se asienta el carácter lingüístico de nuestra experiencia del mundo. La fenomenología hermenéutica, con la que él había intentado dicha consolidación no resultaba liberadora. Pero posiblemente –como me pareció entonces y me sigue pareciendo ahora— ella habría podido proporcionar la nueva base del carácter lingüístico, como se advierte si se mira el lenguaje desde la perspectiva del diálogo (Gespräch). Por lo tanto, si se toma en serio la experiencia hermenéutica según la cual toda palabra (Wort) es ya una respuesta (Antwort), se advierte que toda palabra en general solo puede ser entendida como respuesta a una pregunta. La dialéctica de pregunta y respuesta se convirtió así, para mí, en la actualidad de la filosofía práctica, es decir, creo que el concepto de “verdad” se consolida más allá de la conciencia de uno y de otro, del yo y del tu, en la formación del comprender común y del común ponerse de acuerdo.

¿Cuáles límites reconoce a su propia crítica a la filosofía de orientación kantiana, frente a la situación actual de la crítica posmoderna extendida “a la mode”, de acento heideggeriano-nietzscheano?

La indisoluble unidad de ética y frónesis (prudentia) de la expresión aristotélica que convierte aquí a la filosofía práctica en una filosofía auténtica. De ahí hay que partir para responder a esta pregunta. “Superación de la filosofía trascendental” quiere decir superación de la doctrina del ego trascendental, del sujeto trascendental. En esto, efectivamente, ha sido para mí orientadora la crítica que hace Heidegger al concepto de conciencia. Fueron justamente mis experiencias con el neokantismo y su gradual disolución las que me convencieron de que el concepto de fundamentación última no corresponde a la esencia del riesgo del pensar. Ahora bien, es posible y necesario admitir que Nietzsche, cuya presencia en nuestro mundo se hace notar cada vez más, no puede ser ubicado entre los pensadores sistemáticos del idealismo alemán y sus seguidores. La manera heideggeriana de pensar unitivamente los motivos principales de Nietzsche, pese a que me permitió ver el “eterno retorno de lo igual” y la “voluntad de poder”, como dos aspectos de lo mismo, y pese a que fue un gran hallazgo de Heidegger, tampoco significa que él sólo quisiera construir una filosofía de Nietzsche contra la cual, por su lado, pretendiera Nietzsche erigir una doctrina del ser filosóficamente sostenible. Con esto se aclara cuánta discrepancia me parece ver también con respecto a la así llamada posmodernidad, sobre todo con respecto a Derrida y Lyotard. Ellos pretenden defender al verdadero Nietzsche contra su unificación forzada en una metafísica y, por tanto, contra Heidegger. Por cierto, creo que ni Nietzsche, ni Heidegger necesitan una defensa semejante. Pero no se puede simplemente negar la tarea del pensar cuando Derridá se mantiene en la diseminación, es decir, en la carencia de posibilidades sistemáticas de construcción del pensar. Y si de esta manera, también él recurre a Nietzsche, entonces desconoce que Nietzsche mismo intentó constantemente, en innumerables propuestas, hacer confluir sus propios pensamientos, elaborando programas de algo así como una nueva filosofía. Y así le ocurre a Derridá mismo; me parece que si él desarrolla una teoría de la diseminación no puede dejar de admitir que esa teoría, a su vez, no sea otra cosa que diseminación. Eso busca aprobación y acuerdo; sobre eso se escriben libros. Y si el –como lo he experimentado con él en forma amistosa- intenta discutir, ya me ha dado la razón acerca de que se tiene que procurar comprender al otro y de que eso quizás entonces sea recíproco del otro lado. Frente a ambos, es decir, tanto frente a Heidegger como frente a los posmodernos, me atengo al diálogo platónico y, en general, al pensamiento de Platón. Es cierto que éste sabe que no se puede establecer de una vez por todas un sistema de proposiciones verdaderas; pero se puede, en el diálogo viviente, tender al acuerdo y, con él, alcanzar un auténtico criterio para el conocimiento de lo verdadero.

¿Cómo ve el futuro del humanismo y el las facultades de filosofía, cuando ambos parecen decaer en el mundo entero?


El humanismo, hoy, ya no es evidentemente el mismo, ni puede volver a ser aquello que lo caracteriza como el destino particular del mundo cultural de Occidente: la herencia del pensar y del obrar científicos y políticos greco-romanos, incluyendo su expansión a través del cristianismo. Éstas son ciertamente formas de humanismo que no pueden ser las mismas. Frente a tal circunstancia, creo que hoy sería lícito aún, y de nuevo, hablar de humanismo en el sentido de que uno no se propone otra tarea que la de la Humanitas, el respeto al otro y el admitir la validez del otro y de sus otros caminos. En este sentido, el mundo industrial moderno y la revolución industrial me parecen los verdaderos vencedores en la historia universal de nuestro siglo, eso que Heidegger apostrofa como “extremo olvido del ser” pero que fortalece también nuestra facultad de juzgar (Urteilskraft) , justamente en la admisión de la validez y el colocarse en las perspectivas del otro y de las otras culturas. Cómo se presentará la cultura universal del futuro, es algo que nadie sabe: pero creo que si ella no es de nuevo una autodestrucción, tendrá que ser el trabajar sobre la base de que unos admitan la validez de los otros y de que unos compartan con los otros tareas comunes. Lo que el humanismo fue para Europa tendrá que serlo, entonces, para el mundo. Los ideales del siglo XVII adquieren medidas planetarias. Los derechos humanos han devenido un objeto real de la política internacional y esto quiere decir, también, que la realización de un ideal semejante tiene que ser la diferenciación pluralista y el tolerante reconocimiento recíproco.
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Seminario Internacional de Filosofía Política: República, Liberalismo y Democracia

REPÚBLICA,

LIBERALISMO Y

DEMOCRACIA

AULA MAGNA. FACULTAD DE DERECHO UNIVERSIDAD DE CHILE.
PIO NONO 1 – PROVIDENCIA

El Seminario Internacional de Filosofía Política: República, Liberalismo y Democracia es un encuentro organizado por la Facultad de Filosofía y Humanidades, la Facultad de Derecho y la Embajada de Francia. En el Seminario participarán profesores e investigadores especialistas en la materia, provenientes de Universidades y Centros de Investigación argentinos, chilenos, españoles y franceses. En representación de la Facultad, participarán Pablo Ruiz-Tagle, Sofía Correa Sutil, Alfredo Jocelyn-Holt y Miguel Orellana Benado. El encuentro se desarrollará en el Aula Magna de la Facultad de Derecho durante los días 5 y 6 de julio.

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Entrevista a Giorgio Agamben

Giorgio Agamben (Roma, 1942), catedrático de Filosofía en la Universidad de Roma y editor y traductor de Walter Benjamin en italiano, ha pasado por Barcelona para participar en el encuentro del CCCB Arxipèlag d´excepcions. Sobiranies de l´extraterritorialitat. Figura intelectual de primer rango en el campo de la filosofía política, aborda en la siguiente entrevista temas de calado.

En el núcleo de sus reflexiones acerca de la política se halla la “biopolítica”. ¿Qué es la biopolítica?
Es un concepto de Foucault. La biopolítica se inaugura cuando la vida natural de los ciudadanos y de los hombres se convierte en uno de los asuntos fundamentales del Estado. Creo que no es sólo un hecho moderno, sino que la política griega ya se fundó sobre la distinción clara entre la vida biológica centrada en la casa, en el oikos, y la vida política, dándose así un proceso de inclusión y exclusión simultáneas de la vida natural.
Si se concibe el fenómeno de la nuda vida como la base de la biopolítica de los Estados modernos, ¿qué sucede con el ser humano entendido como sujeto libre y consciente dotado de derechos inalienables?

En primer lugar hay que destacar que la primera declaración de 1789 afirmaba los derechos del hombre y del ciudadano. Pienso que es necesario reflexionar sobre esta y, ya que con ella se consolidan los presupuestos de la biopolítica. Los derechos representan el tránsito del modelo de la soberanía fundado sobre el derecho divino a una fundada en el hombre como ser que ha nacido. Y no hay que olvidar aquí que nación no significa otra cosa que nacimiento. Recordemos las palabras iniciales de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano: “Los hombres nacen libres…” La ciudadanía es, así pues, el momento en que el ser vital se inscribe en el orden político. El umbral entre el hombre y el ciudadano es el lugar en el que se escenifican gran parte de los problemas de la política actual.
Pero ¿no constituyen los derechos humanos una instancia desde la que proteger a los individuos?
Los derechos son el lugar en que los hombres se inscriben en el mecanismo del poder, pero son también, efectivamente, el lugar a partir del cual pueden enfrentarse a éste. Hay que pensar en la biopolítica como una máquina con dos componentes: la vida política y la nuda vida.
¿En qué consistiría esta puesta en cuestión?
Individuos que son sólo hombres, seres sin papeles, refugiados. Tal vez puedan conseguir papeles, entonces se inscribirán en la máquina biopolítica. En lugar de que el problema sea dar papeles a los sin papeles, los ciudadanos mismos deberían renunciar a sus papeles, poner de manifiesto las contradicciones del concepto mismo de derechos del hombre y del ciudadano.
¿Se puede esto considerar una alternativa no utópica a nuestros actuales regímenes políticos?
Sólo hay que echar una ojeada al mundo para darse cuenta de que los derechos del hombre no funcionan. Un individuo sin ciudadanía apenas logrará nada apoyándose en los derechos del hombre, no saldrá de su precariedad. La clave para entender esto se halla en la zona de indiferencia situada entre la nuda vida y la ciudadanía: ahí se halla el estado de excepción, el momento en que se suspenden las leyes.
¿En qué medida es éste un fenómeno relevante para entender nuestra normalidad política?
Para definir verdaderamente un fenómeno hay que tomarlo en sus casos extremos, en este sentido se puede decir que la excepción define la regla. El estado de excepción se hace regla en el siglo XX, vivimos en un estado de excepción permanente. Benjamin, que vivió en el régimen nazi, pudo observar cómo se aplicó legalmente este estado de excepción para llevar a cabo los crímenes nazis aprovechando el artículo 48 de la Constitución de Weimar. Los juristas nazis podrían haber hecho algo, pero el problema está en este artículo 48. El paradigma actual de la seguridad, la insistencia en el terrorismo, conducen a una justificación de las medidas excepcionales. El estado de derecho se basa en una posibilidad oculta, a saber, que la excepción es lo que permite la normalidad. El derecho sólo se puede aplicar porque hay una zona caótica en la que de momento no se aplica.
¿Qué piensa de los movimientos de la sociedad civil contra este estado de cosas?
Es bueno que la sociedad civil luche por tener un estado de derecho y por evitar el estado policial en que vivimos. La policía es un elemento central de los estados de derecho: policía y política son, no sólo etimológicamente, lo mismo. Para la bipolítica la policía es el medio con el que el estado cuida de toda la vida de los ciudadanos. El derecho mismo presupone la necesidad de la policía. Incluso la guerra de Irak es una guerra policial en la que se buscaba arrestar a un criminal.
¿De qué modo se puede renovar el pensamiento político?
Hay conceptos jurídicos en la historia del derecho y de la política, de la Edad Media, por ejemplo, que podrían ser útiles. El caso de Jerusalén me parece paradigmático. Mientras se siga pensando que la única solución es la creación de dos Estados, uno israelí y otro palestino, no hay posibilidades de éxito. El concepto de ciudadanía no es operativo y, tal vez, habría que recurrir al de refugiado. Pienso en una ciudad con un derecho distinto al actual en la que los ciudadanos hayan sabido reconocer al refugiado que ellos mismos son. En el derecho civil encontramos fórmulas mucho más ricas para articular estas situaciones que en el lenguaje de la política o en el derecho privado. Lo mismo se puede decir de la Unión Europea. Su creación y su Constitución han sido una oportunidad perdida de recuperar categorías novedosas, aunque presentes también en nuestra tradición. Creo que a los juristas les ha faltado imaginación para proponer un nuevo modelo de soberanía no basado en los presupuestos del Estado-nación.
Daniel Gamper, lavanguardia/Culturas, 23-XI-05

Teoría del Conflicto: clases sociales en Dahrendorf y Giddens

Procedencia: Argentina.
Apellido y nombre del autor: Bey, Facundo.
Institución a la que pertence: Facultad de Ciencias Sociales – UBA.
Carrera: Ciencia Política.
Contexto de la producción del trabajo: Extracto de T.P. (Teoría Sociológica)
Clases sociales en Dahrendorf y Giddens
Cambio social y clase social

A lo largo del desarrollo del pensamiento sociológico, el estudio del cambio social ha desplegado esquemas y teorías basadas en el rol preeminente que desempeña el conflicto social en su dinámica. Según coinciden concurrentemente Dahrendorf y Giddens, el origen del enfoque teórico conflicitvista aparece históricamente en las fases iniciales de la industrialización y teóricamente expresado en el pensamiento sociológico marxiano[1]. Con objetivos exclusivamente relacionados con este trabajo, podemos reducir esta perspectiva cual la que comprende a la historia como producto de la lucha de clases, dada la desigualdad fundamental en la propiedad de los medios de producción, y donde la propiedad de los mismos define la pertenencia a alguna de las dos clases antagónicas existentes en la sociedad capitalista: proletariado y burguesía.

Ambos citados autores, coinciden en que el esquema marxiano puede llegar a ser mayormente satisfactorio en cuanto se aplique heurísticamente a sociedades de la industrialización temprana. Pero en las sociedades industrializadas neo-capitalistas, aparecen nuevos elementos sociales que hacen necesaria la reformulación del concepto de clase social desde las situaciones sociales vigentes. Aunque el neocapitalismo es heredero del capitalismo, constituye una realidad distinta del segundo. En principio, se trata de un orden económico diferente con estructuras sociales más complejizadas. En la segunda mitad del S. XX, es difícilmente posible, entonces, que al pensar la sociedad, se haga más o menos evidente concebirla como el lugar donde se enfrentan la burguesía y el proletariado; la realidad social se ha complejizado muy a pesar de las precisiones teóricas de las primeras apreciaciones respecto al conflicto social: este es el punto de partida de Giddens y Dahrendorf.

Dahrendorf: el enfoque conflictivista de la sociología

Ralph Dahrendorf, comienza Las clases sociales y su conflicto en la sociedad industrial, partiendo de un análisis de la obra de Marx, evaluando sus contribuciones a la teoría del conflicto social y de las clases, y señalando las críticas que le merecen las consideraciones marxianas. “El propósito de arrojar simplemente por la borda la “teoría de Marx” o de aceptarla íntegramente ha dominado durante demasiado tiempo toda discusión en ciencia social”[2]. Dahrendorf se sumará a esa empresa exclusivamente para disolverla: entiende bien que ignorar a Marx sería cómodo, frívolo, e ingenuo, teniendo en cuenta que su aporte es la primera formulación en torno a una teoría de las clases sociales y el conflicto social, del mismo modo que resultaría funesto aceptar a Marx toto coelo, encadenando a la ciencia social al dogmatismo y censurando su carácter ecléctico y pragmático[3].

En el análisis de Marx, los conflictos sociales, permanentes e inherentes al funcionamiento de la sociedad, oponen a dos grupos únicos con intereses totalmente opuestos: proletariado y burguesía.

Ahora bien, cuando Dahrendorf expresa que Marx redujo todos los conflictos sociales a conflictos de clase y que esto representa una simplificación extrema, no hace más que seguir su propia premisa inicial: “Cuando (…) la vinculación exclusiva del concepto de clases a situaciones económicas (…) se manifieste como una “traba”, como un principio teorético infructuoso, será eliminado (…)[4], para poder llegar a su posterior reformulación del concepto de clase: “Nos interesa la teoría de clases como instrumento sociológico, para lo que, en principio, la teoría marxista de las clases es indiferente y sólo interesante como fondo histórico (…)[5].

En Dahrendorf, serán clases, las fuerzas actuantes en los conflictos sociales, “organismos sociales” empíricamente obtenibles y diferenciables[6]. Como dijimos antes, Marx concibe la propiedad de los medios de producción como el origen de las clases sociales y de los conflictos de clase[7]. Pero Dahrendorf reconoce que la propiedad de los medios de producción y la pertenencia a una clase social, pueden ir disociados en las sociedades del capitalismo contemporáneo[8]. De hecho, el control de los medios económicos de producción constituye un caso particular de las relaciones generales de dominio. Según este esquema, un empresario y un asalariado miembros del mismo club deportivo, en el que poseen el mismo grado de autoridad, pertenecerían a la misma clase social situacionalmente. En última instancia, lo que determina el conflicto no es la propiedad legal, sino el control real[9] de los medios de producción -particularmente- en mano de burócratas sin propiedad alguna. De esta manera, Dahrendorf va a desplazar el análisis de la realidad económica de la propiedad a la realidad vinculada al sistema de poder[10].

Así es como Dahrendorf sugiere que el quid estructural del conflicto social es la desigual distribución de la autoridad entre personas y grupos de la sociedad. El autor piensa que la distribución de la autoridad es, además de radicalmente desigual, dicotómica, existiendo incluso el estado de privación absoluta de ella[11]. El conflicto social se explicaría, entonces, a partir de la dualidad extrema de sus oponentes; las estructuras de autoridad constituyen la causa determinante de la constitución de clase y de los conflictos de clase[12].

En adelante, conflicto social y clase social irán de la mano pero –como venimos desarrollando- de un modo diferente al que encontramos en la teoría marxista de clases[13]. Para poder indagar acerca del conflicto social y orientar una relación significativa con la existencia de clases sociales, Dahrendorf acentuará la presencia de grupos de interés en la sociedad. Los caracteriza a éstos como agrupaciones que poseen una organización, un programa de acción e intereses definidos, es decir, con iguales directrices conscientes de conducta (intereses manifiestos). Por otro lado, se presentarán los cuasi-grupos. Claramente distintos de los primeros, serán subgrupos que comparten intereses –latentes- derivados de una situación común de sus constituyentes elementales, sin que estos tengan necesariamente conciencia de ello (vecinos, colectividades, clubes sociales, centros culturales, estudiantes, etc.)[14]. Todos los conflictos serán, pues, conflictos de autoridad: choques entre grupos de intereses, uno de los cuales defiende cada uno de los elementos de lo existente o su combinación -status quo-, mientras que el otro exige su modificación[15]. Sindicatos, partidos políticos, movimientos sociales, serán ejemplos de los grupos de interés, quienes desencadenarán el conflicto al concretar las razones de las contradicciones y radicalizar la acción de los subgrupos[16].

Los conflictos que sucedan, permanecerán regulados –porque jamás podrán desaparecer- por medio de instituciones sociales de contención cuando a) los grupos de interés tengan la posibilidad de organizarse, b) los conflictos existentes permanezcan disociados y c) cuando la posibilidad de movilidad social en la estructura de clases exista de forma efectiva. Bajo estas condiciones, la conflictividad, su intensidad y violencia, será canalizada impidiendo que sea destructiva para la sociedad misma[17]. La distribución diferencial de los puestos de autoridad estará determinando cambios en las estructuras sociales[18], pero cuanto mayor sea el ámbito de los intereses en pugna, para cuyo conflicto haya previsto la sociedad medidas rígidas con fuerza coactiva efectiva, tanto más suaves serán las formas en que se manifieste el conflicto entre clases[19].

La importancia metodológica del concepto de clase social que propone Dahrendorf basado en la autoridad, en cuanto instrumento sociológico, radica en la aplicación práctica de la teoría de clases en ámbitos empíricos concretos, permitiéndonos reconocer una pluralidad indeterminada de clases, de modo que podamos identificar dominantes y dominados en cualquier asociación (situación estructural) que posea una mínima distribución de la autoridad[20].

Giddens: clases sociales y sociedades avanzadas

Por su parte, Anthony Giddens también tomará partido por los problemas teoréticos de la estratificación y las clases sociales, reconociendo la vigencia de tales temas para una sociología a la que considera en estado crítico, históricamente convulsionada y teóricamente insolvente[21]. Partiendo de esto, en La estructura de clases de las sociedades avanzadas realizará un análisis de la estructura social y efectuará constantes referencias a las formas teóricas dominantes, clásicas y contemporáneas, para rever las consecuencias de los fundamentos ideológicos de la sociología en el desarrollo teórico actual sobre el problema de la estructura de clases y explicar la necesidad de replantearse el concepto de clase social al interior de las llamadas sociedades avanzadas.

En primer lugar, ejecutará un ejercicio conocido: revisará la postura de los clásicos frente a estos problemas teoréticos y evaluará su fecundidad. Para no caer en repeticiones innecesarias en lo que al pensamiento marxiano respecta, diremos que Giddens, de camino a su propia conceptualización, enfrentará la visión de la sociedad como el escenario de la lucha entre clases que detentan intereses antagónicos, con el concepto de clase weberiano tributario de un sistema de clases pluralista. En ambas concepciones hallará limitaciones notables.

En Marx encontrará una debilidad teórica fundamental para reconocer la existencia de clases medias a través de la interpretación dicotómica de la realidad social. Cabe aclarar que para Giddens el abandono del modelo dicotómico no equivale a renunciar al conflicto de clases, que como tal es endémico en la sociedad capitalista contemporánea. Recordemos que para este autor, todos los que participan en el proceso de intercambio se encuentran en conflicto de intereses entre sí para acceder a los escasos beneficios[22].

La alternativa weberiana tampoco logrará ser satisfactoria in toto; en pocas palabras, según Weber, la clase social está formada por un conjunto de individuos que se encuentran ubicados dentro de una situación de clase. La clase social es concebida como un conjunto de posibilidades y capacidades que tienen los individuos frente al mercado y frente a su prestigio personal: esto dos últimos factores son los que definen la situación de clase de los mismos[23]. Giddens apuntará que la noción weberiana presenta elementos irresueltos respecto de las relaciones entre la formulación general de la situación de clase, las tipologías de clases propietarias (Besitzklassen) y clases adquisitivas o lucrativas (Erwerbklassen), y las clases sociales. Del mismo modo, el carácter situacional de las “posiciones de clase” va a dar como resultado un número de clases irreducible e inmanejable “como para explicar los componentes principales de la estructura social y del proceso de cambio social”[24].

Tras evaluar la exposición teórica de Marx y Weber, Giddens hará una breve referencia a las críticas realizadas a ambos por Aron, Dahrendorf y Ossowski, considerando finalmente a estas como insuficientes y parciales ya que mantienen -a su juicio- la misma incapacidad explicativa de la realidad social que las primitivas[25].

El autor realizará un replanteamiento conceptual -siguiendo tanto a Marx como a Weber para ello- en torno al mercado capitalista y a la capacidad de mercado de los individuos[26], que posteriormente empleará a lo largo de su trabajo[27], y siguiendo esos mismos conceptos desarrollados, desembocará en su conclusión[28] y punto de partida para la confección de una nueva teoría de la estructuración de las relaciones de clases: “El problema (…) no estriba en reconocer la diversidad de las relaciones y conflictos creados por el mercado capitalista como tal, sino en llevar a cabo la transición teórica de dichas relaciones y conflictos a la identificación de las clases como formas estructurales”[29]. Es necesario “llamar la atención sobre los modos en que las relaciones económicas se transforman en estructuras sociales no económicas”[30]. Es imprescindible abandonar la identificación del concepto de clase con las divisiones e intereses que genera el mercado. Así, “aun cuando pueda existir una multiplicidad indefinida de intereses intersectoriales engendrados por las diferentes capacidades del mercado, sólo existe, en una sociedad dada, un número limitado de clases”[31]. Lo que sin duda -para Giddens-, significa la posibilidad de dar cuenta de los componentes de la estructura social y del proceso de cambio social, superando los problemas teóricos anteriores.

Se hace ineludible, entonces, desambiguar el concepto de clase de su dimensión económica. En principio, una clase para Giddens es un “agregado en gran escala de individuos compuesto por relaciones definidas impersonalmente y nominalmente abierto en su forma”[32]. Para complementar esta definición, Giddens se servirá, en adelante, de la noción weberiana de clase social: un conjunto de situaciones de clase vinculadas entre sí por el hecho de que encierran posibilidades comunes de movilidad bien dentro de la profesión de los individuos o a través de las generaciones[33]. A partir de aquí, estructuración de clases, conflicto social, y movilidad social, serán una tríada inseparable en la teoría de clases de Giddens.

El autor, distingue dos tipos de estructuración de clases: la estructuración mediata y la estructuración inmediata.[34]

La estructuración mediata se refiere a los factores que intervienen entre la existencia de unas cualidades de mercado dadas y la formación de clases como grupos sociales identificables, operando las últimas como formas de relación “total” entre el mercado y los sistemas estructurados de relación de clase. La estructuración mediata pone en relación directa las capacidades de mercado[35], con las posibilidades de movilidad social. Mientras más cerradas sean las clases, mayores las posibilidades de estructuración. Por eso Giddens afirma que, la estructuración de clases se ve facilitada “en la medida en que el cierre de la movilidad existe en relación a cualquier forma específica de capacidad de mercado”[36].

En la estructuración inmediata, por su parte, existen tres fuentes de estructuración relacionadas: la división del trabajo, el sistema de autoridad y la influencia de grupos de consumo. La división del trabajo facilita la formación clases al crear grupos homogéneos. Al mismo tiempo, la influencia de la técnica industrial crea una separación decisiva entre trabajadores manuales y no-manuales.

Este efecto, se superpone con la influencia de la estructuración mediata a través de la distribución desigual de las posibilidades de movilidad y es, a su vez, reforzado en la medida en que el sistema de autoridad típico de la empresa, a través de las normas de autoridad, separa a los trabajadores de cuello blanco de los trabajadores manuales. En el ámbito jerárquico, los factores de control y propiedad -que había introducido Dahrendorf- son útiles para visualizar una diferenciación en las cúpulas entre clase alta y media.

Por último, aparece la influencia de los denominados grupos distributivos, entendidos como aquellos que se producen a partir de relaciones que entrañan formas comunes de consumo de determinados bienes o servicios. Estos grupos, son importantes en la medida que se relacionan con los factores antes citados, de forma tal que refuercen las separaciones típicas entre las formas de capacidad de mercado. “Los grupos distributivos más significativos son, (…) aquellos formados a través de la tendencia a la segregación por comunidades o barrios”[37].

En síntesis, el primer proceso de estructuración especifica la forma en que se estructuran las definiciones y localizaciones de clase. Mientras que el segundo, define e impone un límite a dichas localizaciones. La combinación de ambos tipos de estructuración da lugar al sistema de estratificación triple en la sociedad capitalista.[38]

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[1] Dahrendorf, R., El concepto de clase y la teoría de las clases como instrumentos de análisis sociológico en Las clases sociales y su conflicto en la sociedad industrial (1979); Giddens A., La estructura de clases en las sociedades avanzadas, Introducción (1983).
[2] Dahrendorf R., op. cit., p. 160.
[3] Cfr. Ibíd., pp. 160-161.
[4] Ibíd., op. cit., p. 162.
[5] Ibíd., op. cit., p. 161.
[6] Ibíd., op. cit., p. 201.
[7] Ibíd., op. cit., pp. 179-180.
[8] “(…) esta vinculación del concepto de clase a la tenencia o carencia de propiedad privada movilizada, hace que esta teoría de las clases sea sólo aplicable a un período, relativamente corto, de la historia social europea.” Ibíd., op. cit., p. 180.
[9] Ibíd., op. cit., p. 180.
[10] “Una de las tesis centrales del presente trabajo la constituye la posibilidad de tal superación, al sustituirse la posesión o carencia de propiedad privada por la participación o exclusión de puestos de dominación como criterio determinante de la constitución de clases.”, Ibíd., op. cit., p. 180.
[11] Ibíd., op. cit., p. 261 (2A).
[12] Cfr., Ibíd., op. cit., p. 180.
[13] Ibíd., op. cit., p. 179.
[14] Ibíd., op. cit., p. 260-261.
[15] Ibíd., op. cit., p. 254 (1).
[16] Ibíd., op. cit., p. 254.
[17] Ibíd., op. cit., p. 255.
[18] Ibíd., op. cit., p. 256.
[19] Ibíd., op. cit., pp. 255-256.
[20] A. Giddens -crítico de Dahrendorf- dirá: “(…) el empleo por Dahrendorf de la posesión o exclusión de la autoridad, aunque intrínsicamente constituye un modelo simple, produce un número potencialmente casi infinito de clases cuando se aplica a cualquier sociedad existente”. Giddens, A., op. cit., p. 114.
[21] Ibíd., op. cit., pp. 12-13.
[22] Ibíd., op. cit., pp. 114 y 117.
[23] Cfr. Azuara Pérez, L., Sociología, pp. 87-88, Editorial Porrúa, México, 1991.
[24] Giddens, A., op. cit., pp. 114-115 y 118.
[25] Ibíd., op. cit., pp. 114-119.
[26] En pocas palabras, entiende Giddens por mercado: un sistema de relaciones económicas que se basa en la fuerza de negociación de relativa de los diferentes grupos de individuos y por capacidad de mercado: todas las formas de atributos relevantes que los individuos pueden aportar a la negociación.
[27] Ibíd., op. cit., pp. 115-118.
[28] “Los principales problemas de la teoría de las clases (…) no se refieren tanto a la naturaleza y aplicación del propio concepto de clase, como (…) [a la] estructuración de las relaciones de clase”. Ibíd., op. cit., p. 119.
[29] Ibíd., op. cit., p. 118.
[30] Ibíd., op. cit., p. 119.
[31] Ibíd., op. cit., pp. 119-120.
[32] Ibíd., op. cit., p. 113.
[33] “La noción de clase social es importante porque introduce un tema unificador dentro de la diversidad de las relaciones de clase que pueden derivarse de la identificación que hace Weber de la “situación de clase” con la “posición en el mercado”. Si la última se aplica estrictamente, es posible distinguir una multiplicidad casi infinita de situaciones de clase. Pero una, “clase social” existe sólo cuando estas situaciones de clase se unifican de forma tal que crean un nexo común de intercambio social entre los individuos.” Ibíd., op. cit., Cap. 2.
[34] Ibíd., op. cit., pp. 121-124.
[35] Las tres clases de capacidad de mercado son: a) la posesión de propiedad sobre los medios de producción; b) la posesión de calificación educativa o técnicas; y c) la posesión de fuerza de trabajo manual. En la medida que en las sociedades capitalistas cada una de esas capacidades de mercado se vincula a la existencia de un grupo social particular, la estructura de clases en éstas tiende hacia la consolidación de un sistema genérico compuesto de tres clases: alta, media y baja u obrera. Ibíd., op. cit., pp. 121-122.
[36] Ibíd., op. cit., p. 121.
[37] Ibíd., op. cit., p. 124.
[38] Ibíd., op. cit., p. 124.